UN JUEGO
PARA SIETE
Boston, Massachussets. 23 de septiembre de 2001.
1
Amy Adams se levantó pronto. Su marido Josh se habría
levantado quizá hacía una hora, a eso de las
seis, para su diaria sesión de footing. El día
amaneció nublado aquel domingo y Amy pensó que
Josh debía de estar un poco loco para salir a correr
con esa niebla. Seguramente estaría lloviendo en Medford
y la madre de Amy le llamaría a media mañana
para quejarse. La niebla se te mete dentro del cuerpo y te
hiela hasta los huesos, pensó ella. Por nada del mundo
saldría de su casa hasta al menos las ocho. Prepararía
el desayuno para los dos, café, huevos, tostadas y
algo de zumo, y esperaría leyendo a que él regresara
para disfrutar de la mañana juntos.
Cuando Josh se fue al club de abogados, ella le despidió
desde el porche. El nuevo Toyota 4x4 salió sin ruido
a la calle del lujoso barrio residencial al que se habían
mudado hace apenas un año. Josh crecía como
abogado y a sus apenas cuarenta y cinco años empezaba
a ser conocido en la ciudad. Los clientes de su despacho se
habían multiplicado exponencialmente y se podía
decir que las cosas les iban realmente bien. Él era
un hombre alto y bien parecido. Lucía un cuidado bigote
que recortaba pulcramente cada día. Llevaba trajes
caros y siempre sonreía en los juicios. De arrolladora
personalidad, nunca daba un caso por perdido. Contagiaba optimismo
a sus clientes y ellos le devolvían confianza. Y más
clientes.
2
Josh Adams tarareaba la canción de moda al volante
de su recién estrenado coche. El día se iba
despejando y él estaba muy animado. Llevaba una chaqueta
marrón de pana y había dejado la corbata en
el armario. Por algo era domingo. Confiaba ver a Ray Eduards
en el club para comentar los últimos casos. Ray le
había ayudado mucho los últimos años.
Le debía gran parte de su éxito. Era bastante
mayor que él y la experiencia era un grado, le decía.
No pensaba todavía en jubilarse, ya que esperaba un
último gran caso. Josh creía que el gran caso
de Ray acababa de llegar. Lo había visto en televisión.
Un magnate farmacéutico, caído en desgracia,
se enfrentaba a gravísimos cargos por diversos delitos
fiscales. La especialidad de Ray.
Aparcó en el club y se quedó unos minutos observando
orgulloso el Toyota. Entró y buscó a su amigo
por entre las mesas del bar. Había bastante ambiente
aquella mañana. El día se había despejado
por fin y la luz entraba por los grandes ventanales, iluminando
a un nutrido grupo de abogados de mediana edad. Esperaba verlo
sentado con Morris, Phelps y Bucks. O quizá con Mariam
Hicks. Últimamente le veía mucho con ella. Ray
era viudo y salía con otras abogadas de vez en cuando.
Por eso cuando lo vio en la barra, solo, se sorprendió.
Josh se abrió camino hasta allí, saludando a
unos cuantos por el camino, pidió un café y
se sentó al lado de Ray.
3
Conversaron de manera distraída por espacio de unos
minutos. El tiempo, deporte, los últimos casos de Josh...
Eduards establecía rápidas analogías
con antiguos casos suyos, indicándole de manera casual
el camino a seguir en cada uno. Era un gran abogado. No obstante,
Josh percibía que algo le preocupaba. Era una sensación
indefinible, fruto de años de amistad. Algo en los
gestos quizá. O en la mirada. Por fin se atrevió
a preguntar acerca del último caso de Ray. En el transcurso
de la conversación se había convencido de que
el extraño comportamiento de su amigo se debía
sin duda a esto. Él le confirmó que así
era. No era raro que Eduards se ocupara de casos importantes,
que acaparaban las portadas de los periódicos de Boston.
Era de los mejores abogados de la ciudad. Pero estaba en posesión
de un secreto increíble.
Eduards le indicó el montón de prensa en un
extremo de la barra. Josh se acercó y tomó un
Boston Informer y un Boston Herald. En ambos la portada era
la misma. Un hombre de nariz grande y ganchuda miraba a Josh
con ojos penetrantes desde la primera página. Llevaba
barba y bigote entrecanos, y para compensar una incipiente
calvicie se había dejado el pelo largo. Debía
tener unos cincuenta y tantos. Era conducido por la policía
a los juzgados y Ray aparecía en la foto. Los dos vestían
trajes caros y contrastaban poderosamente con la multitud
congregada allí. No era la primera vez que Josh veía
a su amigo en las portadas de los periódicos. Pero
sí la primera vez que veía la cara de Jeff Byrons,
el todopoderoso creador de Byrons Medical Inc. Jamás
había trascendido una fotografía suya hasta
ahora. Contempló curiosamente al hombre que nadie nunca
había visto, arruinado por unas malas inversiones en
Europa. Aun desprovisto de su prestigio y su dinero, lucía
un porte elegante, característico de las personas de
su elevada clase social. Observó con atención
la foto y advirtió que tenía una gran lunar
en la mejilla derecha y le faltaba el dedo meñique
de la mano izquierda. Iba esposado. El juez Mills era muy
estricto en cuanto a eso, como si quisiera recordar a sus
acusados su condición de tales.
Ray le contó que durante las sesiones preparatorias
le había preguntado a Byrons por su dedo meñique
perdido. Él le había dicho que era una historia
realmente larga y que mejor podrían hablar de ello
cuando acabaran de preparar el juicio. Byrons era un hombre
brillante y asimiló a la perfección las instrucciones
de Ray. El juicio estaba fijado para el 26 de septiembre,
el miércoles siguiente. El viernes estuvieron conversando
hasta muy tarde, en el despacho de Eduards. Acabaron con la
preparación y Ray pensaba que Jeff Byrons estaba suficientemente
preparado. Entonces el ex millonario comenzó a contarle
la historia del dedo.
4
Jeff era de esa clase de hombres que se inventaban a sí
mismos. Sin un patrimonio familiar importante se embarcó
en la aventura de crear Byrons Medical Inc. en 1968. Tras
un lento crecimiento inicial, la farmacéutica se consolidó
en el mercado estatal a finales de los setenta y la Byrons
empezó a ganar dinero de verdad. La experiencia previa
de Jeff en empresas parecidas le ayudó mucho en esos
inicios. El tamaño de la empresa crecía y crecía:
el número de empleados se duplicó en apenas
dos años, de 1983 a 1985. Jeff se sintió con
ganas de lanzarse al vasto mercado nacional norteamericano.
Compitió con las más grandes y a veces ganó.
La década de los noventa fue muy productiva. Nada parecía
poder parar el ascenso de la compañía. Pero
durante los últimos dos años las inversiones
europeas empezaron a flaquear. Los directivos enviados allí
no supieron hacer frente a las diferencias culturales existentes
entre América y Europa. Su manera de hacer las cosas
era del todo punto inaceptable según los mandos intermedios
europeos. Las filiales de Byrons Medical Inc. en Hamburgo,
Colonia, Lyón y Bruselas quebraron. Las pérdidas
fueron millonarias. El activo de la empresa se vio sobrepasado
y entró en suspensión de pagos. De ahí
a la quiebra total sólo hubo un paso. Los acreedores
se lanzaron como lobos sobre él, los trabajadores demandaron
a la firma y los bancos dejaron de prestarle dinero. Todo
en uno. Además, una serie de fraudulentas operaciones
de deducción fiscal salieron a la luz; Jeff Byrons
iba a la cárcel.
Corría el año 1973. Jeff era un empresario
emprendedor que recorría las oficinas bancarias con
la esperanza de conseguir dinero para ampliar sus pequeñas
oficinas. Al volver de una de esas expediciones, casi siempre
infructuosas, descubrió consternado que la producción
de su planta de almacenamiento estaba parada. Nervioso, trató
de poner en marcha la compleja maquinaria. Tuvo mucha suerte
de no perder toda la mano, le dijeron. Pero no hubo nada que
hacer por su dedo meñique que quedó literalmente
triturado. Le costó mucho superar el golpe. Fue a peor
conforme la empresa crecía. Usaba casi siempre unos
guantes de cuero negro, pero había ocasiones en las
que no podía usarlos. Se encontraba muy incómodo
en las reuniones de sociedad, tratando con proveedores o incluso
en su vida privada.
5
Era el año 1982. La empresa ascendía imparable.
Los competidores desaparecían uno tras otro, en parte
por la buena gestión de Jeff y también por los
desagradables imprevistos que se sucedían en el resto
de las fábricas del estado de Massachussets. Incendios,
sabotajes, huelgas programadas, documentos que desaparecían...
eran moneda de cambio corriente en la política de Byrons
Medical Inc. La compañía contaba con una sección
de contingencias, la llamaban. Si parecía que alguien
podía hacerle sombra, todo parecía torcerse
para la empresa emergente: Byrons disponía de un grupo
de malencarados sujetos dispuestos a casi todo. Fue a través
de uno de ellos como Jeff se enteró de la existencia
de un pobre patán que debía muchísimo
dinero. Mierda, le dijeron. El tipo había tratado de
abrirse camino por el tortuoso sendero del tráfico
de drogas y había unos cuantos sudamericanos que pretendían
hacerse un llavero con sus testículos. Entonces a Byrons,
que ya entonces no sabía qué hacer con tanto
dinero, se le ocurrió una macabra idea.
Por medio de su agente, Jeff logró entrevistarse con
él. Lo trasladaron en una furgoneta blanca, sin distintivos,
desde el piso donde el hombre se escondía. Era una
noche lluviosa de otoño. El frío de noviembre
se colaba en el almacén sin utilizar, propiedad de
la Byrons. En el interior, desprovisto de todo mobiliario
a excepción de un escritorio de madera y dos viejas
sillas, esperaba Jeff. La sucia bombilla que oscilaba sobre
los dos hombres arrojaba siniestras sombras detrás
de Byrons quien, tapado con un pasamontañas oscuro,
le explicaba a aquel pobre infeliz los términos de
su extraño pacto. Él se comprometía a
hacerse cargo de la totalidad de su deuda y a cambio el nervioso
hombrecillo quedaba a su disposición para cualquier
encargo futuro que él pudiera hacerle. Hasta ahí
el señor uno, como Byrons se refería a él,
estaba totalmente conforme. El problema surgió después.
Cuando Jeff sacó el cuchillo y descubrió su
mano izquierda, el señor uno supo que no iba a ser
tan sencillo. Como prueba de buena voluntad debía cortarse
el mismo dedo que le faltaba al hombre del pasamontañas.
Allí mismo. Y en ese mismo momento. Como no estaba
en condiciones de negociar y le ofrecían todo a cambio
de tan poco, pensó él, enseguida logró
reunir el valor necesario para hacerlo. Estaba desesperado.
Con un pañuelo vendándole la mano escuchó,
desde una habitación contigua, cómo Byrons pagaba
cada una de sus deudas. Los acreedores del señor uno
quedaron encantados y prometieron no molestarlo en lo sucesivo.
Cuando se hubieron marchado tuvo su penúltima conversación
con su desconocido benefactor. Éste le advirtió
de la necesidad de no contarle a nadie lo allí ocurrido.
En caso de hacerlo él se enteraría y lo mataría.
Además le recordó que en cualquier momento él
podría localizarle y requerir de sus servicios. De
cualquier tipo, remarcó. Le pidió que su mano
mutilada le sirviese de recordatorio de lo mucho que le debía
y del terrible problema del que le había sacado. Cuando
todas las condiciones quedaron totalmente claras el señor
uno se fue del almacén. Encogido bajo la lluvia en
las afueras de Boston, perdido por calles que no conocía
y con la mano izquierda apretada al pecho, se sintió
muy feliz.
6
Al señor uno le siguió varios meses después
el señor dos. En el mismo almacén que el anterior
noviembre y con el mismo pasamontañas, Jeff selló
idéntico pacto con un cuarentón rubio demasiado
aficionado a las apuestas. Éste debía casi el
doble que el señor uno, pero los términos del
trato no cambiaron en absoluto. El meñique de la mano
izquierda y la promesa de un servicio futuro. El desdichado
lloró y gimió cuando se lo cortó, pero
se fue más tranquilo a su casa después de escuchar
cómo Byrons pagaba a su corredor, un skin head de mal
talante y peores maneras.
El señor tres tenía problemas con la bebida.
Y cuando se emborrachaba frecuentaba una sórdida casa
de citas de un peligroso barrio de Suffolk. La cuenta que
allí tenía en modo alguno llegaba al pago por
el señor dos, pero sobrepasaba con creces la del señor
uno. Cuando el vicio del señor tres quedó pagado
y se despidió del hombre del pasamontañas, se
dijo que había tenido muy buena suerte al haber encontrado
alguien deseoso de hacerse cargo de su deuda a cambio de algo
tan pequeño como un dedo.
Hasta 1986 Jeff no encontró al señor cuatro.
Aquel lastimoso hombrecillo se había endeudado hasta
las orejas con un prestamista local con el fin de recuperar
una pequeña inversión en bolsa que tenía
para comprarle un apartamento a su mujer en Nahant. El señor
cuatro no tuvo suerte con sus nuevas inversiones y el prestamista
estaba bastante nervioso. No quería esperar a que las
acciones subieran y exigía un pago en metálico
antes de fin de año. Acción de gracias había
pasado y le quedaban apenas un par de semanas. Vendió
sus acciones, su coche, hipotecó su casa por segunda
vez y acudió a Byrons. Engañó a su familia
diciendo que la amputación se debía a un accidente
laboral y su deuda quedó satisfecha.
En 1989 apareció el señor cinco. Debía
gran cantidad de dinero y se negó a explicar el motivo.
Pidió el dinero en metálico. Como Byrons llevaba
varios años sin encontrar gente para su particular
grupo y la empresa marchaba bien, accedió. Dos horas
después el maletín con el dinero a cambio de
un dedo y una promesa.
El señor seis y el señor siete cerraron un
trato con Jeff en 1991. Ambos tenían una serie de deudas
ya conocidas por Byrons. Drogas, juego, mujeres... Estaba
cansándose de hacerse cargo de los líos de otros
y decidió que el grupo quedaba cerrado.
7
Josh escuchaba atentamente la historia que Ray le contaba.
No podía dar crédito a lo que oía. Era
increíble, era aterrador. Siete hombres en Boston con
una promesa incierta y una mano marcada. ¿Qué
era lo que Jeff Byrons se proponía?
Llegó la hora de comer y los socios del club desaparecieron
poco a poco. La mujer de Josh podría preocuparse por
él, así que la llamó para decirle que
no iría a comer. El día se había vuelto
a nublar y apenas entraba luz por los ventanales. Septiembre,
con su niebla, daba paso al invierno en Boston. En el bar
del club de abogados Ray finalizó su relato.
8
Por supuesto el presidente de Byrons Medical Inc. controlaba
los movimientos de los siete. Mediante una discreta agencia
de detectives obtenía las direcciones de cada uno.
Estaba al tanto de la vida de todos. Por ejemplo, el señor
uno abandonó las drogas, abrió una ferretería
y se estableció en Brookline. El señor dos continuó
con su pacífica vida en una zona residencial de Everett
y, que Byrons supiera, jamás volvió a jugar.
El señor tres había tenido varios trabajos y
ahora aparcaba coches en un lujoso hotel de la ciudad. Jeff
lo veía de vez en cuando. En cuanto al señor
cuatro, jamás llegó a comprarle aquel apartamento
a su señora. Malvivía en un pequeño apartamento
pero conservaba su trabajo original. El señor cinco
vivía solo y no se le conocía ningún
trabajo. Salía frecuentemente por las noches y los
detectives de Jeff no se explicaban de donde sacaba el dinero
para subsistir. El señor seis pasaba sus horas ganduleando
por el campus del Massachussets Institute of Technology, en
Cambridge. Aún no había acabado sus estudios.
El señor siete murió de sobredosis de heroína
apenas tres semanas después de perder su dedo.
La noche del uno al dos de enero de 1993 se reunió
con ellos. Nevaba débilmente sobre Boston y hacía
muchísimo frío. Los llamó personalmente
la última semana de 1992 y mandó la furgoneta
blanca a buscarlos uno a uno.
9
Antes de entrar en el almacén de la Byrons recibieron
un pasamontañas oscuro cada uno. Jeff les explicó
las reglas del extraño juego que iba a comenzar. Les
hizo notar que todos los allí presentes tenían
un dedo menos en la mano izquierda. Que todos ellos vivían
en Boston o sus alrededores. Y que a partir del día
siguiente debían buscarse para matarse los unos a los
otros. El señor seis se levantó de su asiento
muy alterado. Aquello no podía ser, no era justo, él
no era ningún asesino, chilló. Se quitó
el pasamontañas enfurecido. Byrons le recordó
la deuda pagada y lo calmó un poco. Ahora el resto
de los jugadores conocían su cara, le dijo. Se apresuró
a colocarse el pasamontañas de nuevo. Partía
con desventaja. Jeff también quería jugar. Ellos
protestaron porque él los conocía a todos. No
sabían que además los tenía vigilados.
Se despidieron de madrugada después de ultimar los
detalles del juego. No podrían salir de la ciudad bajo
ningún concepto hasta que el juego acabara. Si eran
detenidos no debían revelar su pertenencia a aquel
grupo. Ninguno de ellos intentaría conseguir ayuda
de ningún tipo para asesinar a otros. La furgoneta
llevó a cada uno a su casa. Jeff fue el último
en irse. Inmediatamente tomó su coche y condujo de
noche hasta su casa en Rhode Island. Desde allí se
limitó a esperar los informes de sus investigadores.
10
El día 3 de enero el señor uno cerró
su ferretería y trató de salir de la ciudad.
Paró a dormir en un motel de Arlington. Los hombres
de Byrons lo seguían. Les hizo llegar esta información
a los demás por mensajero. A la mañana siguiente
Jeff desayunó con un estremecedor informe sobre su
mesa. El señor seis había aparecido descuartizado
en la habitación del motel del señor uno. Nada
se sabía de Uno. Quizá Seis, nervioso, fue a
matar a Uno y éste le mató a él. Luego
Uno huyó, dejando el coche en el aparcamiento del motel.
El 10 de enero el señor tres mató con una escopeta
de caza a un mendigo en plena calle. Fue abatido a disparos
por la policía apenas diez minutos después.
Trató de atrincherarse en un supermercado antes de
morir. Tomó cuatro rehenes y todos ellos murieron.
El 14 de enero un leñador descubrió el cadáver
congelado del señor uno a un par de kilómetros
del motel donde se había hospedado. Presentaba una
cuchillada mortal en el estómago y había sido
decapitado con la alambrada de una cerca. El forense dictaminó
que llevaba al menos una semana muerto.
Hubo calma hasta el día 26 de ese mismo mes. Antes
de que llegaran los habituales informes de la mañana,
Byrons leyó en el periódico que la noche anterior
una familia entera había sido asesinada en su pequeño
apartamento de West Roxbury. Cuatro había abandonado
el juego. Al leer los informes se enteró además
que la casa del señor dos había ardido aquella
misma noche. Encontró en el periódico un artículo
referente a aquello. No había supervivientes.
A mediodía recibió una llamada de uno de sus
hombres. Cinco había desaparecido. Se las había
arreglado para romper el cerco de vigilancia y Byrons nunca
más supo nada de él.
11
Ray acabó su historia en un susurro casi inaudible.
Estaban los dos encogidos en un extremo de la barra del club.
Josh, sobrecogido, apenas podía articular palabra.
Fuera, la niebla había sido sustituida por una ligera
llovizna. Era ya tarde y casi todos los socios se habían
marchado a sus casas a cenar. Un dolor sordo en el estómago
le recordó que ni él ni Ray habían comido.
Le preguntó a Ray por qué le había contado
Jeff Byrons una historia semejante. Ray le había hecho
la misma pregunta al millonario y la respuesta fue estremecedoramente
simple. El presidente de Byrons Medical Inc. había
vuelto a Boston y tenía miedo. Mucho miedo.
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